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El vengador anónimo no lo es. El lingüista lo identificó por las notas que dejó en la escena del crimen. ¿Es crimen si el pueblo estaba de acuerdo?

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PD: Para crear estos espacios tengo que entrar a la edición HTML y poner line breakers. Qué vergüenza y humillación.

Carlos Alejandro Calles Guerra
Feminismo: hacia un masculinismo que lo complemente

Existe una aplicación en Google llamada Ngrams, que permite estudiar la frecuencia con la que una palabra ha sido utilizada desde el año 1800 (se puede revisar hasta el 1500 pero no con la misma precisión, según el sitio). Esto se logra revisando los más de 4 millones de libros que Google ha escaneado, los cuales representan alrededor del 12% de todos los libros impresos desde Gutemberg y su imprenta. Al solicitar la frecuencia de la palabra mujer, el resultado que arroja es impresionante. Antes de 1970, la palabra casi no aparecía; y la gráfica es una línea recta casi paralela al eje equis. A partir de 1970, sin embargo, hay un repunte en el uso de la palabra, y sigue creciendo hasta el día de hoy. Si la comparamos con la palabra hombre, ésta va en desuso. En el año de 1986, finalmente, se utilizaron ambas con la misma frecuencia, y hoy en día, mujer supera a hombre, por mucho.

Lo que revela lo anterior es una revalorización global de la mujer que inició en los años setentas del siglo XX, en gran parte animada por el feminismo. Este movimiento heterogéneo cuestiona, critica y estudia la estructura social, política, económica, cultural (y de todos los ámbitos humanos), y el lugar que ocupan las mujeres en ellas. A manera de resumen diremos que el feminismo, de acuerdo a como lo plantean Judith Butler y Helene Cixous, plantea que una prioridad fundamental es la necesidad de un lenguaje diferente que represente a las mujeres adecuadamente. Además, si se habla de mujeres, es imperativo definir qué es lo existe dentro de la categoría de mujeres. Un problema central es que se intenta abarcar con la palabra mujer a TODA la población de mujeres, como si hubiera una condición de igualdad inherente al término o al sexo, que si bien la hay en ciertos aspectos, resulta contraproducente por momentos no hacer una distinción, como se verá más adelante. El término mujer (y hombre, incluso) está ligado a una política jurídica y no se construye siempre igual debido a contextos raciales e históricos diferentes, de clase, étnicas y demás. El término mujer se reconstruye constantemente de acuerdo a contextos políticos y culturales de una tradición y sociedad (Butler, 2007: 49). Por otro lado, Helene Cixous aclara que cuando habla de mujer, lo hace refiriéndose a la inevitable lucha en contra del hombre convencional, una mujer que debe recuperar la consciencia de su ser. Sin embargo, también dice que existe una “infinite richness of individual constitutions”, con lo que aclara que, aunque habla de mujeres, no existe una mujer típica o estereotípica. Para Cixous, la escritura de la mujer debe ser para las mujeres y sobre las mujeres, con el fin de que éstas despierten y busquen liberarse de la opresión masculina. Butler, por su parte, nos recuerda que la política es una estructura basada en la prohibición, y los seres sujetos a esta estructura jurídica (de derecho) nacen y se mueven en estas mismas limitaciones. Con esto en mente, la formación jurídica del lenguaje que presenta a las mujeres como el sujeto del feminismo está contenida en la estructura que las limita, y de la cual buscan emanciparse (2007: 47). La mujer necesita, por tanto, estructuras nuevas que no tengan estas limitantes del poder masculino. Las estructuras ya existentes son las que crean y limitan la categoría de “mujeres”, sujeto del feminismo; por lo tanto hay que buscar nuevas estructuras, comenzando por un lenguaje representativo (2007: 48).

A continuación se estudiarán cuentos de tres escritoras (Luisa Valenzuela, Nélida Piñón y Clarice Lispector) cuyo argumento gira alrededor de la mujer. Se explorará el papel del lenguaje, lo que representa lo femenino y el comportamiento de la mujer ante la estructura social que la contiene. Además, se analizará a los personajes masculinos y su rol en los cuentos con respecto al de la mujer. Quizás la parte más valiosa de este escrito estará en la reflexión final, donde plantearé algunas cuestiones sobre el feminismo darwinista y la importancia general de estudiar y desarrollar el feminismo.

El lenguaje, visto como objeto que permite la descripción y la comunicación entre personas, va a tener el poder de definir a la mujer en la sociedad. En el cuento “La densidad de las palabras” de Luisa Valenzuela, el poder sobre el lenguaje que cada personaje femenino posee va a determinar su posición social. La hija mayor, narradora de la historia, nos dice que produce ranas, lagartijas y otros animalejos con sus palabras: se materializan cuando habla. Ella es escritora. La familia comenzó a despreciarla al tiempo en que ella descubría este poder del lenguaje. La hermana menor, quien desde niña fue la menos favorecida por la familia, de pronto, al pronuncias las palabras que la familia y la sociedad querían escuchar de ella, su posición social fue en aumento. Simbólicamente, comenzó a producir flores y joyas, a diferencia de reptiles y anfibios, como la hermana mayor. Las flores y joyas en su lenguaje hicieron que se casara con un príncipe, mientras la escritora vivía en el bosque junto a un séquito de animales que la seguía a todos lados. Este cuento expresa esa convención social de la mujer sumisa y silenciosa (“calladita te ves más bonita” dice el dicho, nunca “calladito te ves más bonito”) apreciada por los hombres, contra la mujer que se queda soltera por decir lo que piensa. El lenguaje, dominado por el hombre, va a ser utilizado como arma de represión, como un condicional. La posición del hombre es: si no utilizas el lenguaje o lo utilizas como a mí más me conviene, entonces te acepto en la estructura social que he creado. De lo contrario, arréglatelas sola y vive como una salvaje. Otro ejemplo lo encontramos en “El revólver de la pasión”, cuento de Nélida Piñón. El cuento habla de una mujer de una raza particular, quizás de una minoría, que vive intensamente su bagaje cultural en su vida como mujer. Se sabe diferente a las otras mujeres, y eso lo demuestra en su forma de expresar y necesitar amor. Tiene una necesidad física masculina, y es curioso describirlo de esa forma, pero es ella la que lo revela al pedirle al amado que no le hable de teorías feministas (2001: 101). También cuando nos dice que aprende un nuevo vocabulario que solía pertenecerle sólo a él. Este vocabulario es el que ella utiliza para explicarle el torbellino de emociones que siente. Al mismo tiempo, es ese lenguaje, que antes sólo pertenecía a él, lo que lo ahuyenta, y hacen de ella una mujer insatisfecha.

Por otro lado, tenemos el concepto de lo femenino, que de inicio representa un problema, como ya se mencionó en la introducción de este texto. ¿Qué es lo femenino, y será posible definirlo como un perfil único que abarque el conjunto total de mujeres? Coincido con Helene Cixous en la noción de que la belleza y el placer se han utilizado como medios de control de las mujeres. La mujer bien aceptada por los demás es por lo general aquella que es virgen hasta el matrimonio, al menos ha sido así por mucho tiempo en nuestra cultura, que no vive en plenitud su sexualidad y que, además, vive avergonzada de ser mujer, como si su condición así lo requiriera. Ejemplos son muchos y, curiosamente, al mencionarlos pueden parecernos normales o incluso correctos. Antes de pasar a los ejemplos en la literatura, mencionaré uno algo ajeno a nuestra cultura latinoamericana, pero no por eso menos conocido, que es reflejo de esa vergüenza que mencioné apenas unas cuantas líneas más arriba: la imagen de la mujer japonesa cubriéndose la cara con el abanico, escondiéndose, bajando la cabeza y, además, ruborizada (maquillada con círculos rojos en las mejillas o rubor natural). Esa persona, esa mujer, ocultándose de la vista, ruborizada por su existencia, debía ser atractiva para los hombres. Lo era, y lo puede seguir siendo, sin embargo, simbólicamente es una imagen represiva. Hoy en día, quizás tenemos el extremo, con mujeres exponiendo el pecho con blusas abiertas, y pantalones que intencionalmente levantan los glúteos. En pocas palabras, la vestimenta refleja una desvergüenza extrema. Quizás es natural esta reacción tan opuesta en las modas, pues históricamente así reaccionamos las personas, y basta pensar en movimientos como el neoclasicismo y el romanticismo que le siguió, para entender los opuestos. Aún así, quizás se llegue a un equilibrio en el futuro. Es difícil hablar objetivamente, en este sentido, de lo correcto o incorrecto, cuando uno es hombre y está dentro, en el centro, de la época de transición.

Pasando al renglón literario, el cuento “Miss Algrave”, de Clarice Lispector, muestra a una mujer criada para avergonzarse de su cuerpo, y que, finalmente, termina viviendo su sexualidad en una plenitud escandalosa para lo que hoy en día es considerado saludable. Miss Algrave nunca había bebido alcohol, incluso le daba asco pasar frente a los tradicionales pubs londinenses. Es una mujer buena, pero que sigue demasiadas reglas sociales quizás por vivir inmersa en la religiosidad o en una tradición conservadora. A pesar de seguir las convenciones de una buena mujer, vivía sola. “Suspiró mucho porque era difícil vivir sola. La soledad la oprimía” (2001. 303). Además, todo le parece inmoral, incluso los niños; el acto sexual que hicieron sus padres fue una suerte de incesto, al menos para ella. Un día conoce a Ixtlan, un hombre cuyo nombre evoca un ser prehispánico, no civilizado de acuerdo a los estándares del occidente, y quien le da su primera experiencia sexual. Miss Algrave queda fascinada. Renuncia a su trabajo para convertirse en sexo servidora, aunque ella no planea cobrar dinero, solamente practicar y disfrutar. Sin embargo, ella está enamorada de Ixtlan, quien sólo vendrá hasta la siguiente luna llena. Así que Miss Algrave practicará el sexo, y después se purificará “para estar lista para el festín” (2001: 307). Nos encontramos con una mujer no rebelde, pero que halla la plenitud de ser mujer a través de la sexualidad. Más aún, ella decide no vivir clandestinamente, sino públicamente de esa manera, quizás la única forma en que podría ser realmente plena. Cixous propone que, frente a la insatisfacción de lo femenino, como Miss Algrave, las mujeres deben de escribir. Quizás hace unas décadas escribir tendría consecuencias como las del personaje narrador en “La densidad de las palabras”, mencionado ya anteriormente, sin embargo, esto ya no debe suceder en muchas sociedades de nuestro planeta. Incluso en México, cada día más es menos este estigma de la mujer escritora, y con las nuevas generaciones será incluso menor.

Dijimos que Miss Algrave no es un personaje rebelde, pues no se rebela ante nadie, sólo ante sí misma. ¿Pero no es acaso esto la mayor rebeldía que existe? En el cuento “Si esto es la vida, yo soy caperucita roja”, Luisa Valenzuela presenta una reinterpretación de la historia clásica para niños. Aquí encontramos a Caperucita, quien tiene que seguir, por convención ancestral, el camino de su casa a la casa de la abuelita. En este trayecto encuentra a diferentes lobos, pero en especial uno que hace que ella se enamore. Caperucita confiesa que, a diferencia de la madre, le fascinan los abismos. También, al final de la historia, se siente decepcionada de que no haya un lobo esperándola, como lo habían prometido. Pero la decepción no viene de una insatisfacción, sino de que, de alguna manera, el lobo que ella quiere no está a la altura de lo que ella espera de la vida. Aún así, ella se siente sola al final del camino, pues por una u otra razón, a pesar de los lobos, símbolo inequívoco del hombre, que encontró en el camino, ninguno fue para ella. Rompe entonces Caperucita con la tradición de la madre. Sin embargo, al no tener una guía, al igual que Cixous quien comenta no hay feminismo antes de las mujeres que escriben en los setentas, Caperucita está más bien confundida y perdida en un mundo que no es el que su madre le había descrito antes de salir de casa.

En los cuentos hasta ahora mencionados, el papel del personaje masculino siempre es el de enamorar y someter a la mujer. Ya sea por medio del lenguaje, como en “La densidad de las palabras” o a través de la sexualidad y las buenas costumbres, como en “Miss Algrave” o el amor mismo, como en “Revólver de pasión”, los hombres siempre son los que, a veces consciente y otras inconscientemente, oprimen a la mujer y la privan de una libertad que, al menos en estos cuentos, las mujeres descubren. Y hago el énfasis en que “al menos en estos cuentos” las mujeres descubren esa libertad, porque por mucho tiempo las mujeres no buscaban la plenitud porque no conocían que podían poseerla. Lo mismo que el hombre, quien nace en una estructura social que determina su papel y él no tiene otra opción que desempeñarlo. Propongo en este punto que al igual que es importante estudiar y desarrollar el feminismo, también es importante desarrollar un masculinismo que rompa con la carga social del hombre como sujeto dominante y opresor. En la búsqueda de romper la oposición binaria hombre/mujer, ¿por qué enfocarse sólo en uno de los lados? Si el cambio está sucediendo y no se ha consolidado en más de cuarenta años, es porque el hombre tampoco ha despertado. Es necesario que el hombre escriba, y no sólo para los hombres, pues ya se ha hecho así antes, sino para todos. Es nuestra posición avisarle a la mujer que la escuchamos, que la entendemos y que estamos dispuestos a dialogar y a dejar las estructuras antiguas que nuestras generaciones no crearon, sino que heredamos.

Se habla de crear leyes u otras estructuras diferentes a la paternalista que revaloricen el lugar de la mujer en la sociedad. Me pregunto si existe algún autor que haya redactado ya esas leyes o pensado esas estructuras (en toda su complejidad) y que estén sólo a la espera del momento justo para implementarlas en alguna comunidad. Y no hay que olvidarnos esa ancestral diferencia entre el macho y la hembra. Estos conceptos nos remontan a nuestro pasado animal, a un estado natural previo que antecede a la conciencia y a la inteligencia que permite darnos cuenta de que hay algo erróneo en la forma en que nuestra sociedad está estructurada. El sentido común debe decirnos a la mayoría que la sociedad actual está estructurada de acuerdo a una prevalencia de lo masculino, que se sustenta en la fuerza física de cada sexo. Tradicionalmente, el macho puede someter físicamente a la hembra por su fuerza física. Bajo tal amenaza física, lo cultural también adopta la misma jerarquía. ¿Es posible evolucionar esa historia natural que le da al hombre una superioridad sobre la mujer en cuanto a poder físico? La naturaleza masculina puede tener una suerte de gen (genes que hasta hace poco eran inalterables) cuya información le urja a ser el sexo dominante. Así, la organización social o la universalidad patriarcal no sería un problema cultural o jurídico, sino simplemente (o complejamente) natural (no me olvido de la primera del feminismo sobre la distinción entre biología y cultura, aunque en los setentas no se tenía ese entendimiento que hoy tenemos sobre la influencia que tiene el genoma humano en nuestro comportamiento). La conciencia de este problema, el trabajo de la sociedad hacia la eliminación de estas diferencias naturales, podría ser el catalizador que conduzca a la humanidad a evolucionar (es decir, a eliminar por innecesaria o irrelevante, como podría suceder eventualmente al dedo pequeño del pie) esa característica dominadora de lo masculino, que inherentemente provoca una opresión sobre lo femenino. Si bien los humanos tenemos este nivel superior de inteligencia sobre los demás animales, no es discutible el hecho de que nuestra organización no se despega mucho de una organización animal: somos territoriales, agresivos cuando se infringe este territorio; nos apareamos (es decir, nos juntamos en pares) para formar familias; dada la situación, se desprecia a los que son de otros colores al nuestro o presentan deformaciones que se alejan de lo considerado normal; entre muchas otras características que, si observamos detenidamente, es fácil relacionar con el comportamiento de leones, monos, elefantes y otros mamíferos. Naturalmente, esto no es nada nuevo, feministas darwinistas proponen teorías similares sobre la urgencia de no buscar una igualdad cultural, sino una tolerancia universal ante nuestras diferencias, lo que requiere, forzosamente, estructurales sociales nuevas e incluyentes. Similar a lo que explica Foucault (en Butler, 2007: 92) el sometimiento puede ser involuntario, pues el sujeto no puede acceder a una sexualidad que esté antes o fuera del poder en sí. Es decir, el hombre ha sometido a la mujer porque sí, porque era posible, y no nos habíamos dado cuenta que no tenía por qué ser así. Una de las teorías del origen más famosas en occidente, el génesis de la Biblia, establece desde el principio mismo una dominación masculina y opresión sobre lo femenino que, sin duda, explica muchas de las tendencias sexistas de la actualidad.

Como ya se dijo, y la retomo para concluir, una de las premisas principales del feminismo es que “la biología no es destino” (2007: 93). Aunque la premisa es válida en un contexto idealista, lo que se intenta refutar va en contra de absolutamente toda la Historia de la humanidad. Sin embargo, es por esta misma razón que el feminismo se destaca y vale la pena ser estudiado y desarrollado. Al igual que un masculinismo, que ya fue descrito en términos demasiado generales y que, con más tiempo y espacio, desarrollaré, pues primero es necesario investigar si existen trabajos que sigan las líneas generales que he propuesto, para partir de ahí.

Bibliografía

Butler Judith. 2007. “Las mujeres como sujeto del feminismo” y “Lenguaje, poder y estrategias de desplazamiento, en El género en disputa. El feminismo y la subversión de la identidad. México: Paidós. Pp. 45-54 y 85-99

Cixous, Hélène 1995. “La joven nacida”, en La risa de la medusa: ensayos sobre la escritura. Barcelona : Anthropos ; San José Editorial de la Universidad de Puerto Rico. pp. 13-33.

Lispector Clarice 2001. “Miss Algrave”, “El cuerpo” y “Él me absorbió, en Cuentos reunidos. México: Alfagura.

Piñón Nélida 2001. “El revólver de la pasión”, “La sagrada familia” y “Sala de armas”, en El calor de las cosas y otros cuentos. México: FCE.

Valenzuela Luisa 1999. “No se detiene el progreso”, “Si esto es vida yo soy caperucita roja” y “La densidad de las palabras”, en Cuentos completos y uno más. México: Alfaguara.

Feminismo, y por qué necesitamos estudiarlo y desarrollarlo

Se habla de crear leyes u otras estructuras diferentes a la paternalista que revaloricen el lugar de la mujer en la sociedad. Me pregunto si existe algún autor que haya redactado ya esas leyes o pensado esas estructuras (en toda su complejidad) y que estén sólo a la espera del momento justo para implementarlas en alguna comunidad. Y no hay que olvidarnos esa clara diferencia entre el macho y la hembra. Estos conceptos nos remontan a nuestro pasado animal, a un estado natural previo que antecede a la conciencia y a la inteligencia que permite darnos cuenta de que hay algo erróneo en la forma en que nuestra sociedad está estructurada. El sentido común debe decirnos a la mayoría que la sociedad actual está estructurada de acuerdo a una prevalencia de lo masculino, que se sustenta en la fuerza física de cada sexo. Tradicionalmente, el macho puede someter físicamente a la hembra por su fuerza física. Bajo tal amenaza física, lo cultural también adopta la misma jerarquía. ¿Es posible evolucionar esa historia natural que le da al hombre una superioridad sobre la mujer en cuanto a poder físico? La naturaleza masculina puede tener una suerte de gen cuya información le urja a ser el dominante. Así, la organización social o la universalidad patriarcal no sería un problema cultural o jurídico, sino simplemente (o complejamente) natural. La conciencia de este problema, el trabajo de la sociedad hacia la eliminación de estas diferencias naturales, podría ser el catalizador que conduzca a la humanidad a evolucionar (es decir, a eliminar por innecesaria o irrelevante, como podría suceder eventualmente al dedo pequeño del pie) esa característica dominadora de lo masculino, que inherentemente provoca una opresión sobre lo femenino. Si bien los humanos tenemos este nivel superior de inteligencia sobre los demás animales, no es discutible el hecho de que nuestra organización no se despega mucho de una organización animal: somos territoriales, agresivos cuando se infringe este territorio; nos apareamos (es decir, nos juntamos en pares) para formar familias; dada la situación, se desprecia a los que son de otros colores al nuestro o presentan deformaciones que se alejan de lo considerado normal; entre muchas otras características que, si observamos detenidamente, es fácil relacionar con el comportamiento de leones, monos, elefantes y otros mamíferos. Naturalmente, esto no es nada nuevo, feministas darwinistas proponen teorías similares. Similar a lo que explica Foucault (en Butler: 92) el sometimiento puede ser involuntario, pues el sujeto no puede acceder a una sexualidad que esté antes o fuera del poder en sí. Una de las teorías del origen más famosas en occidente, el génesis de la Biblia, establece desde el principio mismo una dominación masculina y opresión sobre lo femenino que, sin duda, explica muchas de las tendencias sexistas de la actualidad. No hay que olvidar, sin embargo, que una de las premisas principales del feminismo es que “la biología no es destino” (93). Aunque la premisa es válida en un contexto idealista, lo que se intenta refutar va en contra de absolutamente toda la Historia de la humanidad. Es por esta misma razón que el feminismo se destaca y vale la pena ser estudiado y desarrollado.

Arena

Y hoy todo está cubierto de la arena que solía vivir en el mar. Nadie sabe cuándo ni cómo lograron caminar. Pero el caso es que lo hicieron. Se trasladaron desde las costas hacia las ciudades, sepultando todo a su paso. Los humanistas murieron primero, pues, según explicó el jefe arena, ellos constituían la subespecie humana más nociva para el planeta. Claro que, en verdad, todos son nocivos, agregó después. Hoy en día, los granos de arena habitan nuestras casas, y se comen nuestra comida. Por lo que sabemos los pocos que hemos sobrevivido, tienen una inexplicable preferencia por los huevos con tocino. Por Carlos Calles

Miel de abril

Regresé de Washington DC con mucho material para escribir, muchas imágenes listas para integrarse a algún texto en el futuro. Regresé con un dolor en el dedo gordo del pie que, al mirarte (olerte, tocarte y demás), desapareció. Hoy que te has ido, el dolor ha vuelto. Regresé con amistades nuevas: Pedro, el andaluz, espero tu correo. No recuerdo el nombre de tu blog (que era muy extraño, por cierto, algo de Harry Potter). Y más "Regresé" pero son irrelevantes. Washington DC es una ciudad que envuelve al turista con una Historia idealizada de democracia, heroísmo y un poco de misticismo también. No puedo negar que los ojos se me aguaron frente al monumento a Lincoln. La piel del cuello se me erizó al pararme en el mismo lugar que Martin Luther King Jr. dio su famoso discurso de "I have a dream" evocando, al inicio al menos, el Gettysburg Address. El guía pelón y chaparrito con gorra de DC lo hacía todo más interesante. Lo mejor del viaje fue la cena con la familia de Turquía. Fue un choque cultural fuerte encontrar a la esposa con la cabeza cubierta y gacha, sumisa en el lenguaje corporal, desde la mirada hasta la forma en que acomodaba las manos entrelazadas entre las piernas. Nos pidieron quitarnos los zapatos. Pero la noche guardaba algo especial, irrepetible. La conversación fue interesante, hasta intensa por momentos. Profunda, sobre todo. Se dio un conocimiento tripartito, de la cultura singaporita, turca y mexicana. El intercambio de información cultural fue invaluable. Las perspectivas tan variadas sobre un tema común nos dejaban con un sentimiento de nostalgia por nuestro país, pero también una admiración por el país huésped, el de la famosa melting pot. El té negro también estuvo espectacular; tres vasitos no fueron suficientes. El National Air and Space Museum fue otro highlight. Comenzó con una ensalada césar en el McDonalds del museo. No todos los días comes frente al módulo lunar Saturno. Descubrí un ala del museo con fotos inéditas de los planetas, desde Mercurio hasta Neptuno. La que aún está en mi mente es la de Mercurio visto desde un punto suficientemente lejano que lo hacía parecer más minúsculo de lo que es en realidad. El fondo de la foto eran las llamas ardientes del sol, y ahí, insignificante y solitaria, una esfera, un puntillo negro, más bien. Era Mercurio. Me transmitió algo más que soledad, fue un sentimiento de ansiedad por todo el conocimiento que aún no tengo y que nadie tiene, ni tendrá. En mi capacidad humana de conciencia, me di cuenta que en lo que me queda de vida (lo más probable, aunque no lo quiero descartar) no viajaré fuera de la Tierra. Y quiero hacerlo. Subir hacia el espacio y sentir la gravedad cero. No voy a entender los misterios del universo. Y nadie los entenderá, tampoco. Y es frustrante al punto de querer tomar una fresa en la palma de mi mano y apretarla hasta que reviente (sólo porque sí, porque es posible, no porque simbolice algo violento). Y luego estás tú, el faro en medio del océano que siempre está presente cuando decido convertirme en trotamundos.

Audífonos

Un respiro para llamarte por teléfono. No contestas. Frustración.
Decido bajar a comer.

Mi mente es un enredo metaliterario.

Regreso a la oficina. Vacío mis bolsillos y no hay nada interesante.

Califico ensayos de alumnos.

Sonrío porque existes.